Entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, el ejército español empezó a construir la Línea P o Línea de los Pirineos: un inmenso sistema defensivo pensado para frenar una posible invasión a través de la frontera norte. Se proyectaron entre 8.000 y 10.000 búnkeres, aunque únicamente se construyeron unos 2.000; agrupados en centros de resistencia, que debían cubrir prácticamente todos los pasos y cuellos pirenaicos. La mayoría nunca llegaron a utilizarse, pero hoy en día forman parte del patrimonio histórico y pueden visitarse como testimonio silencioso de aquel período convulso.
El Coll de Pal (2.106 m), situado entre el Serrat Gran y el Puigllançada, es uno de los espacios donde se conserva un conjunto de búnkeres bien definidos y visitables. El itinerario que proponemos permite recorrer seis búnkeres distintos, repartidos en un trazado en forma de 8: cuatro en la vertiente del Serrat Gran y dos en el del Puigllançada.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que no es una ruta de paseo fácil: aunque sus kilómetros no sean excesivos, acumula bastante desnivel y buena parte del recorrido discurre por terreno abierto de montaña, con constantes subidas y bajadas. La altitud, el viento y la falta de sombras también hacen un itinerario exigente. Es una propuesta ideal para excursionistas habituados a andar por alta montaña y que quieran combinar naturaleza y memoria histórica.
Salimos del Coll de Pal (2.106 m), un paso de alta montaña impresionante que ya de entrada nos regala una panorámica espectacular. Durante la ruta, en días claros, se puede ver casi media Cataluña: el Pedraforca recortado con su inconfundible silueta, la muralla blanca de la sierra del Cadí, el Moixeró, el macizo del Puigllançada y, si nos fijamos bien hacia el sur, podremos ver la cordillera de Montserrat e, incluso, Collserola dominando el horizonte Barcelonés. Solo por las vistas ya vale la pena venir hasta aquí.
Los búnkeres se construyeron durante los años 1950 por el Regimiento de Zapadores de Fortaleza número 1 del ejército español, y forman parte del centro de resistencia 50 de Coll de Pal. Nunca se llegaron a utilizar, y alguno de ellos ni siquiera acabó.
Desde el punto de partida nos iremos acercando, uno tras otro, a los seis búnkeres que forman esta ruta. Cada parada es una sorpresa, una ventana abierta tanto al paisaje como a la historia.
Búnker de Refugio de personal (4)
El primer punto de visita es el refugio de tropa, uno de los más singulares de todo el conjunto. No es un búnker de tiro, sino un espacio excavado en forma de galería, con tres entradas. En el interior se había proyectado una sala con bancos de madera para descansar, estantes para almacenar comida y material, y un espacio para la tropa de reserva. La idea era poder proteger a los soldados de las inclemencias y de posibles bombardeos.
El proyecto inicial preveía una profundidad de unos 3,5 metros, pero la obra se quedó a medias y nunca se habilitó del todo. Únicamente podemos observar las tres entradas, pero no podemos entrar. Sin embargo, es fácil imaginar cómo habría sido la vida en aquellas estancias: oscuridad, humedad y espera.
Desde este punto, las vistas son amplias hacia el Moixeró y los prados de la Cerdanya.
Búnker De mando (1)
Continuamos hasta el búnker de mando, situado en un lugar estratégico que domina todo el cuello. Era la pieza clave del conjunto, puesto que aquí se habría instalado la dirección del centro de resistencia. La estructura dispone de una sala de observación con dos aspilleras en abanico, que permitían controlar los accesos y coordinar el resto de posiciones.
Al lado había una estancia de reposo, conectada por pasillo, donde se podían refugiar los mandos y descansar en períodos de guardia. A diferencia de los nidos de ametralladora, aquí no existe espacio para armas pesadas, sino para vigilancia y planificación.
Es un punto magnífico para entender la disposición general de los búnkeres y también para detenerse a contemplar el paisaje: el Cadí al norte, el Pedraforca hacia el suroeste y, en el horizonte, el Montserrat que sobresale entre las nieblas del llano.
Bunker De ametralladora (2)
Después llegamos al búnker 2, uno de los nidos de ametralladora más típicos del conjunto. Tiene planta cuadrada de unos 2×2 metros y una altura de casi 2 metros. Dentro se encuentra la banqueta de hormigón donde se sentaba el tirador y las cavidades en los muros para albergar cajas de munición. La aspillera, orientada hacia el cuello, ofrecía una vista panorámica parcial, ideal para controlar el acceso.
Este búnker estaba pensado para alojar ametralladoras como las Alfa 44 o las antiguas Hotchkiss 1914, armas pesadas y fiables que debían batir el terreno con fuego sostenido. Su posición respondía a la lógica militar: vigilar y cubrir los pasos naturales de monte.
Búnker 3 De ametralladora (3)
A escasos 40 metros del búnker 2 se encuentra el búnker 3, casi idéntico en estructura y función. Ambos nidos trabajaban juntos, cruzando sus campos de tiro para proteger el cuello. También aquí encontramos la aspillera, el banquillo y los espacios para munición.
Hoy, estos espacios silenciosos sirven como miradores privilegiados. Actualmente, no se puede entrar en el búnker, ya que una piedra bloquea la entrada.
Búnker De ametralladora (Puigllançada) (5)
Cruzamos ahora hacia la vertiente del Puigllançada, donde el terreno es más abierto y los búnkeres ya se pueden intuir de lejos. El búnker 5 es otro nido de ametralladora, con la misma tipología: planta compacta, banquillo y aspillera.
Estaba situado de forma que controlara toda la pala de la montaña y los posibles accesos desde levante. Al igual que el resto, nunca fue armado, pero su colocación nos muestra claramente la idea de defender el cuello como punto estratégico.
Búnker De ametralladora (Puigllançada) (5)
Unos metros más allá, encontramos el búnker 6, hermano del 5, situado estratégicamente para cubrir otro sector. Entre ambos hacían imposible atravesar la zona sin quedarse al descubierto. Sin embargo, hoy es un lugar ideal para detenerse, respirar profundamente y disfrutar de un panorama inmenso.
Con estos seis búnkeres visitados, cerramos nuestra ruta y volvemos hacia el punto de partida. La ruta puede realizarse en el orden que más convenga, pero sea como sea, siempre acaba siendo un recorrido lleno de descubrimientos: de arquitectura militar, de paisaje y de historia.
Es una salida exigente, con subidas constantes y bastante desnivel, pero cada esfuerzo se ve recompensado con miradores naturales que abarcan todo el Pirineo y buena parte del Prepirineo. Una experiencia que combina naturaleza, memoria y aventura, en el corazón del Berguedà.
Publicado por Jordi Lemonche el 7 de octubre de 2025
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