La leyenda de las brujas del Montseny
En el macizo del Montseny, entre bosques espesos y ermitas solitarias, existe una historia que ha atravesado siglos. No habla de castillos encantados ni de pactos con el demonio, sino de mujeres. Mujeres de Viladrau que, en el siglo XVII, fueron acusadas de brujería.
En el Montseny, como en tantos otros lugares de Europa, el miedo y la superstición convirtieron a vecinas en enemigas. Y la montaña, silenciosa, fue testigo.
La noche de Todos los Santos en Sant Segimon
La tradición explica que, hace muchos años, la noche de Todos los Santos era un momento en que el velo entre el mundo visible y el invisible adelgazaba. Aquella noche, las mujeres señaladas como brujas se reunían en la ermita de Sant Segimon, elevada en un lugar salvaje y solitario del macizo.
Allí, bajo la luz temblorosa de la luna, hacían un aquelarre, danzaban en círculo, invocaban las fuerzas de la naturaleza y mezclaban hierbas del bosque para hacer ungüentos secretos. Se decía que conocían el poder de las plantas, que hablaban con el viento y que podían desencadenar tormentas capaces de estropear cosechas enteras.
Según el imaginario popular del Montseny y la plana de Vic, estas brujas se organizaban con otras mujeres del territorio, del Collsacabra y de otros pueblos cercanos, para que granizara y arruinar sembrados. El ritual, explicaban, consistía en mezclar agua con ungüentos mágicos y batirlo con hierbas hasta que se levantaba una gran nube negra, cargada de truenos y rayos.
La montaña, así, se convertía en escenario de un combate invisible entre el campesinado que temía perderlo todo y unas figuras femeninas que simbolizaban lo desconocido.
De la leyenda a la persecución
Pero detrás de la leyenda hay una sombra histórica muy real.
Entre 1618 y 1622, en Viladrau se persiguió, juzgó y ejecutó a catorce mujeres acusadas de brujería. No fueron quemadas, como se imagina a menudo, porque los procesos no dependían de tribunales eclesiásticos, sino de la justicia civil. Fueron colgadas.
Se las acusaba de matar a criaturas, provocar enfermedades como el bocio (muy común por la falta de yodo), sacrificar ganado y estropear cosechas con tormentas sobrenaturales. En una época de hambre, epidemias e inestabilidad climática, era necesario encontrar culpables. Y a menudo las víctimas eran mujeres solas, pobres o conocedoras de remedios naturales.
Con el tiempo, la memoria de esos hechos se fundió con el relato popular. La historia documentada y la leyenda se entrelazaron hasta convertirse en una sola narración colectiva.
El Montseny, territorio de misterio
El Montseny no es solo un macizo; es un espacio simbólico. Sus espesos bosques, las fuentes escondidas y los caminos que se desvanecen entre la niebla han alimentado durante generaciones historias de mujeres que conocían los secretos de la naturaleza.
Hay quien dice que todavía hoy, en noches de tormenta, se pueden oír susurros entre los árboles. Que el viento que baja del Matagalls trae ecos antiguos. Que las brujas no eran seres malignos, sino mujeres arraigadas a la tierra, depositarias de un saber ancestral que daba miedo porque no se comprendía.

La memoria viva: la Feria de la Castaña
Cada año, la noche de Todos los Santos, Viladrau recuerda esta parte de su pasado durante la Feria de la Castaña. El pueblo revive la leyenda con el Ball de les Bruixes, una representación que combina historia, mito y reivindicación de la memoria.
La fiesta no glorifica la persecución, sino que transforma el relato: las brujas dejan de ser figuras temidas para convertirse en símbolo de identidad y recuerdo. El fuego, que antes simbolizaba castigo, se convierte en luz; la danza, que antes era sospechosa de conjuros maléficos, se convierte en cultura.
Y entre sombras y claridades, el Montseny sigue guardando su secreto: que hay lugares donde la leyenda no solo se explica, se siente.
Publicado por Youssef Haouriqui el 2 de marzo de 2026 a las 10:40h