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Conesa, un pueblo medieval por descubrir en el corazón de la Conca de Barberà

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Hay pueblos que invitan a llegar sin prisas. A dejar el coche, empezar a caminar y permitir que sean las calles las que vayan contando la historia. Conesa, en la Conca de Barberà, es uno de esos lugares.

Pequeño, tranquilo y rodeado de un paisaje de campos y bosques, el municipio conserva un casco antiguo de origen medieval donde todavía es fácil imaginar cómo debía de ser la vida siglos atrás. Portales, callejones estrechos, soportales, casas de piedra y la iglesia presidiendo el conjunto hacen que un paseo por el pueblo se convierta en un viaje al pasado.

Pero Conesa no es solo patrimonio. Es también un municipio que mantiene vivas sus fiestas, las comidas populares y las tradiciones que marcan el calendario a lo largo del año. Uno de esos destinos ideales para quienes buscan descubrir la Cataluña interior más pausada y acercarse a pueblos que han sabido conservar una identidad propia.

Un núcleo medieval que invita a pasear

La historia de Conesa está documentada desde la Edad Media. En el año 1043, Ramon Berenguer I concedió el lugar a Bernat Seniofred con el encargo de construir una fortaleza y trabajar las tierras. Hacia el año 1073, el castillo ya estaba construido y a su alrededor había empezado a formarse un pequeño núcleo de población.

Durante los siglos siguientes, el territorio pasó por diferentes manos hasta que el monasterio de Santes Creus ejerció jurisdicción sobre él durante varios siglos, una vinculación que todavía hoy deja huella en la historia y el patrimonio local.

Fue sobre todo durante el siglo XIV cuando Conesa se consolidó. El núcleo fue amurallado y todavía se conservan algunos vestigios de aquella estructura defensiva, entre los que destacan dos de las antiguas puertas de entrada: el Portal Reial o de Sant Antoni y el Portal de Santa Maria. En el interior, el pueblo mantiene cinco calles estrechas que conservan buena parte del ambiente medieval, con antiguos soportales y construcciones de piedra.

Atravesar uno de estos portales es probablemente la mejor manera de empezar la visita.

A partir de aquí no hace falta seguir un itinerario demasiado estricto. Conesa es un pueblo para descubrir a pie y con calma, dejándose llevar por los callejones, observando las fachadas y buscando esos pequeños detalles arquitectónicos que a menudo pasan desapercibidos cuando viajamos con prisas.

Precisamente esta escala humana es uno de los grandes atractivos del municipio. No hace falta una jornada entera para empezar a conocerlo, pero es fácil acabar entreteniéndose mucho más de lo previsto.

La iglesia de Santa Maria y el legado de Santes Creus

Entre los edificios más destacados del pueblo se encuentra la iglesia parroquial de Santa Maria.

Construida en el siglo XIV, es principalmente de estilo gótico, aunque conserva una arcada procedente de la antigua construcción románica. Sobre la portada hay una imagen de la Virgen acompañada por dos ángeles y en el interior también se conserva una cruz de plata del siglo XV.

Muy cerca se encuentra la Casa Delmera, construida en el año 1569 por orden del abad de Santes Creus en el espacio donde había existido el antiguo castillo de los Montpaó. Es otro de los testimonios de la estrecha relación que Conesa mantuvo durante siglos con el monasterio cisterciense.

Esta presencia de Santes Creus es clave para entender la historia local. El monasterio tuvo jurisdicción sobre Conesa hasta 1835, cuando los cambios políticos y la desamortización pusieron fin a una etapa que había durado siglos.

La historia del municipio, sin embargo, no fue siempre plácida. Durante el siglo XV, las epidemias de peste y la guerra contra Juan II iniciaron una etapa de decadencia. Más adelante, las guerras que afectaron al conjunto del país también dejaron huella en el pueblo y, en el año 1885, Conesa sufrió una grave epidemia de cólera.

Paseando hoy por sus calles cuesta imaginar estos episodios. Y es precisamente este contraste entre la serenidad actual y la historia acumulada lo que hace especialmente interesante la visita.

Más allá del núcleo: Sant Pere de Savella y las cruces de término

Descubrir Conesa también significa mirar más allá de su centro histórico.

En el despoblado de Savella se encuentra la iglesia románica de Sant Pere, construida entre finales del siglo XII y comienzos del XIII. Es un templo de una sola nave con bóveda apuntada y una portada decorada con capiteles. El conjunto conserva también una imagen gótica de san Pedro, de tamaño natural y realizada en piedra policromada durante el siglo XIV.

El municipio conserva igualmente dos antiguas cruces de término. La Creueta se encuentra en el camino de Forès, mientras que la Creu, situada en dirección a Santa Coloma de Queralt, data del siglo XIV y se alza sobre una columna de unos ocho metros. En ella aparecen los escudos de Cataluña y de Santes Creus, una nueva muestra del peso que el monasterio tuvo en este territorio.

Son elementos que ayudan a entender Conesa no como un núcleo aislado, sino como una pieza dentro de un paisaje histórico de caminos, tierras de cultivo, pequeños núcleos y relaciones entre pueblos.

Un pueblo que mantiene vivas sus tradiciones

A pesar de sus reducidas dimensiones, el calendario festivo de Conesa es sorprendentemente activo.

En marzo se celebra la tradicional matanza del cerdo y en abril llega la comida de cassola de tros, dos citas que mantienen el componente gastronómico y comunitario de muchas fiestas rurales.

Mayo trae la fiesta votiva de Sant Antoni y las alfombras de Corpus, mientras que en junio no falta la verbena de Sant Joan.

Durante el verano, el pueblo gana todavía más actividad. En julio se programan varios sábados culturales con música, teatro y danza. Y el primer sábado de agosto tiene lugar uno de los acontecimientos destacados del calendario: el Mercat Vell de Conesa, una cita que encaja especialmente bien con el ambiente histórico de sus calles.

El 15 de agosto se celebra la fiesta de verano, con actividades como talleres, habaneras, baile o encuentros de acordeonistas.

Septiembre continúa con celebraciones populares como la caldereta de arenques, el encuentro de encajeras o la carrera de montaña y caminata popular. Y en noviembre llega la Fiesta Mayor en honor a Santa Victòria, que tradicionalmente tiene lugar el tercer fin de semana del mes.

Son celebraciones que explican otra cara de Conesa. Más allá de las piedras y los monumentos, hay un pueblo que continúa utilizando sus calles como espacio de encuentro.

Descubrir Conesa sin prisas

Quizá Conesa no sea un lugar al que llegar con una larga lista de monumentos que haya que ir marcando uno tras otro.

Y esa es precisamente una parte de su encanto.

La propuesta es mucho más sencilla: entrar en el pueblo por una antigua puerta medieval, caminar por los callejones y observar los soportales, llegar hasta la iglesia, imaginar el castillo que un día dominó el núcleo y continuar después por los caminos que conectan el municipio con el paisaje de la Conca de Barberà.

Con poco más de un centenar de habitantes según los datos de 2025, Conesa conserva una escala que permite saborear esa sensación de calma que a menudo buscamos cuando nos alejamos de los destinos más concurridos.

Aquí, la historia no está concentrada dentro de un museo.

Está en los portales, en las casas, en las cruces de los caminos y en las piedras de la iglesia. Pero también está en las fiestas que continúan reuniendo a los vecinos, en los platos compartidos y en las tradiciones que se repiten año tras año.

Descubrir Conesa es, en definitiva, descubrir un pequeño pueblo con muchos siglos de historia, un rincón de la Conca de Barberà donde todavía merece la pena hacer aquello que a menudo olvidamos cuando viajamos: caminar despacio, mirar a nuestro alrededor y dejar que sea el propio pueblo quien nos cuente su historia.

Foto cabecera:  Ventadorm - Wikimedia Commons - CC BY-SA 3.0

Publicado por Youssef Haouriqui el 25 de septiembre de 2026 a las 16:23h

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